Entrevista a Don Luis Rojas Marcos y el TDAH PDF Imprimir E-Mail
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sábado, 24 de enero de 2004

Texto: Silvia Churruca

Fotos: Juan M. Martín Cadenas

12 de marzo de 2003

Luis Rojas Marcos, a corazón abierto

 

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Rojas Marcos confiesa que su trabajo de psiquiatra está marcado por los traumas de su trayectoria personal
Avatares de la vida, hitos de una carrera

¿Es posible decir algo nuevo de un hombre que aparece a diario en los medios de comunicación? En esta entrevista, el psiquiatra Luis Rojas Marcos habla sólo de pasada del 11 de septiembre. Sin embargo, entra a fondo en sus traumas de infancia, como niño con déficit de atención que padeció el fracaso escolar, o de trucos para ligar en el periodo de soltero que vivió entre sus dos matrimonios. También confiesa que escribe libros como terapia para problemas íntimos y personales.
Habléme de sus orígenes.
-Nací en Sevilla. Iba al colegio de los jesuitas hasta que no pudieron aguantarme más. Suspendía muchísimo. Tenía -y supongo que lo sigo teniendo, aunque ahora lo noto menos- un trastorno de déficit de atención y era hiperactivo, aunque entonces no se conocía.

¿En qué se notaba?
-Era un niño simpático, tocaba la guitarra con 8 años, tenía mis habilidades, pero era travieso, siempre estaba saltando.

Con lo calmado que parece.
- Pues si viera fotos de mi infancia... Trepaba árboles, me escapaba de clase... no podían conmigo.

¿Le expulsaron?
-No exactamente, pero me invitaron a abandonar el centro, porque en cuarto de bachillerato, en la reválida, me suspendieron en julio hasta en religión y educación física.

¿Cómo reaccionaban sus padres?
- Como era lo normal en la sociedad de entonces. Decían que era un niño muy travieso, que no prestaba atención, pero sin pensar que tenía un auténtico problema. Yo intentaba compensarlo siendo simpático, alegre, tocando varios instrumentos: guitarra, piano... Así mejoraba mi autoestima. Porque en el colegio llegó un momento en el que me ponían en un pupitre apartado.

¿Le afectaba?
- Pues sí, porque yo intentaba estudiar pero sin resultado. A los 14 ó 15 años me enviaron a un colegio, el del Santo Angel, al que llevaban a los que suspendían.

¿Qué terapia le aplicaron?
- Me la apliqué yo mismo. Empecé a encontrar fórmulas de estudio, conectando la materia a través de palabras o claves. Creé mi propia técnica de aprendizaje. Cuando a los 15 años comencé a aprobar, todo a mi alrededor cambió. Hasta ese momento, el problema para mis padres era pensar qué iban a hacer conmigo, porque cateaba todo. De hecho, convencidos de que no podría hacer ninguna carrera, decidieron que aprendiera idiomas y me enviaron a Francia en verano.

¿Se sentía exiliado?
- No; me sentía bien. En Sevilla siempre me dolía el estómago por los nervios, externalizaba mi angustia.

Alguna válvula de escape tendría.
- El deporte me ha venido muy bien después, pero empecé a los 40 años. Entonces lo mío era la música: teníamos un grupo y tocábamos en varios locales. Esto era ya para los 17 ó 18 años. Encauzaba mi hiperactividad tocando la batería. En mi casa estaban convencidos de que la música amansa a las fieras. Y en mi caso fue un claro conducto muy constructivo para mi autoestima y para encauzar mi nerviosismo y mi actividad.

¿Cuándo decidió ser médico?
- Desde niño. Mi abuelo y mi tío maternos eran médicos y me causaba gran curiosidad el cuerpo humano. Siempre pensé que sería psiquiatra o cirujano.

La psiquiatría no es habitualmente una primera elección?
- Es que en realidad primero me gustó la cirugía, pero como de niño había tenido esos problemas de hiperactividad me entró la curiosidad de conocerme a mí mismo. Fui un niño muy curioso. Recuerdo que a veces llegaba tarde a casa porque en el camino desde el colegio me había parado a ver algún puesto o espectáculo callejero. Una vez, en una estación, yo no aparecía -tenía unos 8 años-, el tren salió y al final me encontraron sorprendido contemplando al primer señor de raza negra que veía en mi vida.

¿Qué tal le fue en la carrera?
- Muy bien, porque para entonces ya sabía estudiar. Sólo me suspendieron en una asignatura, que fue Psicología, porque nos obligaban a estudiar un libro alemán al que yo me resistía. Lo aprobé en septiembre.

Se fue pronto.
- Un poco por espíritu aventurero y por mis buenos recuerdos de mis estancias veraniegas en el extranjero. Siempre que salía me encontraba bien. En España, entre mi problema de atención y la opresión de la dictadura, que empapaba todo: la familia, el colegio, la vida cotidiana...

¿Llegó a tener actividad política?
- No, pero lo vivía en casa por mi hermano Alejandro, que estuvo en la cárcel.

Le intentaba captar
- Me contaba sus inquietudes, pero mi padre era de derechas, había estado en el bando de Franco, y yo vivía esa tensión en casa. Mi hermano me contaba su visión de la política y me convencía, pero luego me hablaba mi padre y también me convencía.

Era usted muy dúctil.
- Pues sí, y eso me traía problemas, porque todo me sonaba razonable. Es que cualquier persona que pueda razonarme su postura tiene grandes posibilidades de granjearse mi apoyo. Claro que cada día uno va teniendo más ideas fijas.

Volvamos a su decisión de irse a Estados Unidos.
- Mi idea inicial era pasar un par de años formándome como psiquiatra, ya que aquí no había MIR y yo no conocía a ningún psiquiatra que pudiera apadrinarme o enseñarme. No tenía contactos y decidí irme. Aunque no conocía Estados Unidos, pasé el examen, porque no era tan difícil en ese momento ante la falta de médicos que tenían.

Pero no volvió.
- No fue una decisión, sino que ocurrió poco a poco. Me adapté a un país en el que no podían pronunciar mi nombre, sobre todo la r de Rojas, así que me quedé en el doctor Marcos, que es más fácil para ellos. Y me sentí aceptado a pesar de que al principio hablaba mal el inglés y la medicina que sabía era de libro. Lo pasé mal.

¿Le provocó ansiedad?
- Padecí ansiedad y el pull and push.

¿Qué es eso?
- En mis primeros meses de estancia, estaba ayudando a un cirujano en una operación de vesícula, me pidió que sostuviera el drenaje y dijo: "push", que quiere decir empuja, y yo empecé a "pull", es decir, a tirar del drenaje.

¿Por qué descartó definitivamente la cirugía?
- Al ir a Estados Unidos ya estaba decidido a ser psiquiatra. Tras el primer año de rotación, entré como residente en el Hospital Bellevue, donde se hace mucha psiquiatría.

Apuntaba usted que se sintió aceptado.
- Es que, por ejemplo, una vez se me ocurrió comentar a mi jefe que los enfermos portorriqueños manifestaban de forma distinta su patología dependiendo de si lo hacían en castellano o en inglés. Pues a este hombre le pareció interesante y en 1971, cuando llevaba sólo 3 años, montaron un sistema de vídeo -que entonces no era algo común- para realizar a los pacientes hispanos el examen psiquiátrico en inglés y en español. Así que ahí me tiene, con menos de 30 años, publicando en una prestigiosa revista.

¿Ser español le limitaba en su trabajo?
- Al principio sólo trataba hispanos. Algunos estaban encantados de poder hablar con el psiquiatra en su lengua, pero otros pedían un médico de verdad, angloamericano; el lenguaje tiene una connotación social y había hispanos que creían que el médico hispano era peor que el anglo.

¿Y con los colegas? ¿Tenía que demostrar más por ser de fuera?
- Era obvio, pero resultaba un juego razonablemente limpio. A los que éramos de fuera nos exigían más para llegar al mismo puesto. Me ayudó mucho hacer un doctorado de ciencias médicas, aunque me costó tres años, porque aprendí a pensar con lógica, estadística, el método de investigación. Mi tesis fue sobre el movimiento de las manos.

Se esforzó y llegó a lo más alto de la sanidad neoyorquina.
- Fue un camino paulatino, con casualidades... Siempre he tenido que trabajar mucho, porque lo que otro lo estudia en una hora, a mí me cuesta dos.

¿Cuándo tuvo su propia consulta?
- Al terminar la residencia, en 1974. También tenía interés por el psicoanálisis, aunque luego lo perdí.

¿El interés o la fe?
- El psicoanálisis tiene principios útiles, como que la infancia influye en la vida adulta, el mecanicismo que explica que nuestras actuaciones obedecen a alguna causa aunque no seamos conscientes del motivo... Para mí eso tiene su valor. Lo que ya no practico es la idea del diván.

¿Se autoanaliza?
- En momentos de confusión propia o de crisis, me ayuda a pensar cómo soy o por qué estoy tomando una decisión u otra. No es un psicoanálisis en sí, pero sí utilizo el valor del inconsciente, de la infancia...

Acaba de reeditar su libro sobre la pareja rota. ¿Cuánto tiene de autobiográfico?
- Es una buena pregunta. Casi todo lo que he escrito ha estado motivado por algo mío, interno. La pareja rota surgió a raíz de mi propio divorcio. Mi primera esposa, española y una mujer encantadora, no se adaptó a América y decidió que teníamos que volver. Y yo, francamente, no podía, porque estaba allí muy bien. Hubo una ruptura muy dolorosa para mí, aunque fue pacífica. Pasados unos años encontré otra pareja. Me separé en 1977 y me volví a casar en 1983. Pasé seis años de soltero, lo que es difícil cuando uno se acostumbra a estar casado.

Les ocurre más a los hombres. ¿No saben estar solos?
- Desde luego, nos cuesta más que a las mujeres...

Ha hablado de cómo les está costando a los hombres adaptarse a las nuevas mujeres. ¿Usted se ha adaptado?
- Yo creo que sí. Me gustan las mujeres autónomas, que se sienten bien consigo mismas, que trabajan, que luchan... Yo he aprendido mucho de las mujeres, empezando por mi madre.

¿Ha logrado mantener una buena relación con su exmujer y sus hijos?
- Sí. Es una relación distante, porque ella vive en Sevilla y yo en Nueva York, pero nos comunicamos por nuestros hijos. Tenemos dos, nacidos en Estados Unidos, y que se fueron a Sevilla con su madre.

¿Ha sufrido el síndrome del padre ausente?
- Un poco, aunque el teléfono me ha ayudado mucho. Nos hemos visitado siempre que hemos podido y luego mi hija Laura se vino a Nueva York. El hijo menor, como tiene la novia en España, aquí sigue. De mi segundo matrimonio tengo otros dos hijos. Luego murió mi padre de una forma inesperada y también fue duro. Mi madre falleció hace año y medio. Le cuento esto para que vea que mi vida es normal, con sus crisis, sus ansiedades...

Cuando el doctor Rojas Marcos tiene ansiedad, ¿recurre a un psiquiatra o a un amigo?
- Depende del nivel. Durante mi entrenamiento para el psicoanálisis tuve que ir tres veces por semana durante cinco años al psicoanalista. Eso tiene tela. Forma parte del entrenamiento, pero lo cierto es que me vino bien.

Tiempo suficiente para hacerse un adicto.
- Disfruté, aprendí y me sirvió durante los tres primeros años; el resto fue por cumplir las horas que me exigían.

¿Ha vuelto alguna vez?
- Hace doce años, cuando murió mi padre. Me sentí muy mal, porque me ocurrió como a tanta gente, que se me fue sin haberle podido decir lo que me hubiera gustado. No había expresado todo lo que sentía, fuera bueno o malo.

¿Por qué un psicoanalista y no el hombro de un amigo?
- Porque uno puede llorar en el hombro de un amigo un día o dos, pero si es por más tiempo se convierte en una imposición para el amigo. Y a los amigos hay que cuidarlos. Se va a un profesional y es más distante. A mí me sirvió, aunque luego no he vuelto. Ahora, cuando tengo ansiedad hablo con mis amigos, con mi mujer, que es una fuente de apoyo para mí muy importante, o con mi hermano...

¿Qué le provoca ahora ansiedad?
- Por supuesto, me llevé un susto tremendo el 11 de septiembre, porque era algo inimaginable. Escribí un libro que me sirvió...

Parece que siempre escribe como terapia.
- Sí. Es cierto que escribo libros sobre temas que me inquietan. Escribí uno sobre la ciudad, que era mi experiencia de Nueva York. La pareja rota, como le contaba, surgía de mi separación. En esa época, siendo yo un psiquiatra generalista, no paraban de venir parejas en crisis. Era como si llevara en la frente la etiqueta de psiquiatra divorciado experto en traumas matrimoniales.

Un divorciado no parece el más indicado para aconsejar cómo conservar un matrimonio vivo.
- Pero quizá al haber vivido la experiencia pensaban que podía ayudarles a evitarlo. La cuestión es que, sin haberme declarado yo especialista, llegó un momento en el que mi clientela llegaba por problemas de pareja.

Ha afirmado que el divorcio es el camino hacia la felicidad.
- Lo he visto en parejas que son incurablemente infelices. El divorcio es la válvula de escape para poder ser felices con otra persona. Pero también he conocido parejas que por el simple esfuerzo de venir a la consulta y comunicarse ante un árbitro -papel que yo hacía- salvaban su relación.

¿Ha aprendido usted la lección para su segundo matrimonio?
- Posiblemente. Lo que sé es que la ruptura es dolorosa y que muchas veces basta un esfuerzo para entender al otro y salvar la relación. Las parejas que funcionan son las que trabajan el día a día esforzándose por hacer feliz al otro con flexibilidad.

¿Ha tenido tiempo para sus hijos?
- No en la cantidad que yo quisiera, pero he procurado que fuera de calidad. De los niños he aprendido mucho, sobre todo a respetar y saber lo importante que son los primeros diez años de la vida. Cómo nos marcan para siempre.

Ha sido padre en dos etapas. ¿Ha sido distinta la paternidad?
- A medida que pasa el tiempo, confío más en que la naturaleza resolverá muchos problemas que con mis hijos mayores pensaba que tenía que resolver yo.

¿Qué ha querido transmitir a sus hijos?
- Que la autodisciplina es necesaria para lograr los objetivos.

Dicen que ejerce de andaluz extrovertido sólo en la intimidad.
- Tengo que sentirme a gusto y cómodo.

Pero usted es un personaje mediático.
- Cada día me cuesta menos hablar de mí mismo. Pero, por ejemplo, de mis problemas de mi infancia no he sido capaz de hablar hasta hace poco y con mis amigos. Ahora me he dado cuenta de que puedo ayudar a otra persona y darle ánimos contando mis angustias de infancia.

¿Es lo que más le ha costado superar?
- Sí. Vivía angustiado entre mi fracaso escolar y la opresión de la religión, porque me decían que todo era pecado y yo hasta los 14 años pensaba que si me moría esa noche me iba a ir al infierno.

¿Conservó tanto tiempo la inocencia?
- En ese tiempo era lo normal y no era yo el único que se lo creía.

¿Le queda algo de esa ingenuidad o la vida le ha maleado?
- En Estados Unidos fomentan que, hasta que no se demuestre lo contrario, crea en lo que me dicen. En Europa, sobre todo en España, el comentario es: "Ha dicho que sí, pero en realidad quiere decir que no". Ese darle vueltas a los argumentos hasta llegar a una interpretación que no tiene nada que ver con lo que la persona ha dicho, a mí me cuesta trabajo.

¿CNo es al fin y al cabo el trabajo de los psiquiatras interpretar lo que hay tras las afirmaciones de sus pacientes?
- Pero como mucho hacemos una interpretación de lo que la persona dice y buscamos si simboliza otra cosa, pero no hay engaño.

¿Analiza como psiquiatra a los demás en sus relaciones personales?
- No. Le cuento algo curioso. En mi segunda soltería, tras mi separación, cuando salía a ligar decía que era dentista en el primer contacto; nunca psiquiatra.

¿Por qué?
- Porque en Nueva York si dices que eres psiquiatra se apartan. O piensan que les vas a leer el pensamiento, lo que es imposible, o te ven como una persona rara o te cuenten su vida y nada más.

¿Estaba ya cansado de ejercer la psiquiatría?
- No. Es que me metí en el mundo de la gestión y también me pareció fascinante.

Teniendo en cuenta su continua presencia en los medios de comunicación españoles, ¿cuándo gestionaba la sanidad neoyorquina?
- En realidad, la mayoría de esas entrevistas me las hacían por teléfono. Lo que ocurre es que además empecé a escribir para los medios españoles. Por eso, parece que estoy aquí más de lo que realmente es: un par de visitas al año.

Ahora ¿qué es más: psiquiatra, filósofo o escritor?
- Yo soy médico.

¿Volverá a ejercer?
- Yo ejerzo la vida. Y no descarto ver pacientes ahora que estoy en la universidad y tengo más tiempo desde que dejé el puesto de gestor.

¿Lo dejó o le dejaron?
- Fue una mezcla: yo ya estaba algo cansado y cambió la Administración

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Un monólogo terapéutico

En su última visita a Madrid, Luis Rojas Marcos apenas salió de la habitación del hotel, pero cuando lo hizo se mostró tan amable como siempre e incluso se prestó a este simulacro de psicoanálisis periodístico.
El reto estaba sobre la mesa: contar algo nuevo de alguien omnipresente en los medios de comunicación. El psiquiatra recogió el guante y hubo momentos en los que la periodista casi estorbaba a un Rojas Marcos que parecía estar haciendo examen de conciencia en alta voz. Con naturalidad habló de viejos traumas, de sentimientos y de frustraciones, mezclando gestos de reflexión con abiertas y frescas carcajadas.
Extremadamente delgado, sus compromisos limitaron el tiempo y dejaron preguntas en el tintero: por qué hay cansancio en sus ojos, qué planes tiene para el futuro, si alguna vez superará traumas y será capaz de regresar a España...
Lo que queda es una confesión de estricta humanidad, con sus miserias y sus triunfos. El personaje mediático se vuelve de carne y hueso. El gurú de la psiquiatría revela que su conocimiento no es tanto teórico como fruto de experiencias vividas en primera persona.

Modificado el ( jueves, 07 de septiembre de 2006 )
 
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